
Pausa de 90 segundos:
pequeños rituales de foco para decisiones clínicas delicadas
En medicina hay decisiones que no admiten piloto automático. No hablamos de pautar un analgésico estándar, sino de indicar o no una prueba invasiva, elegir entre dos líneas de tratamiento oncológico, decidir sobre un ingreso o comunicar un cambio de objetivos terapéuticos a una familia.
Muchas de esas decisiones se toman al final de la mañana, en mitad de una guardia o después de una cadena de tareas que ya han consumido buena parte de la atención y la energía. La fatiga de decisión existe y también afecta a los profesionales de la salud.
En ese contexto, la idea de “parar durante 90 segundos” puede sonar poco realista. Sin embargo, la evidencia sobre micro-pausas breves, respiración controlada y pequeños ejercicios de atención sugiere que incluso intervenciones de muy corta duración pueden ayudar a recuperar algo de claridad y reducir la sensación de estar decidiendo “a contrarreloj”.
No existe un ritual único de 90 segundos validado en un ensayo clínico, pero sí conocemos varios mecanismos que funcionan: micro-descansos, respiración con exhalaciones prolongadas, breves prácticas de mindfulness y pequeños “resets” cognitivos.
Un botón de pausa breve, pero intencional
Las micro-pausas bien diseñadas pueden mejorar el vigor, reducir la fatiga y tener un efecto positivo sobre el rendimiento, especialmente cuando se insertan entre tareas exigentes.
En la práctica clínica, ese “micro-break” no es un café de diez minutos, que rara vez es posible, sino algo mucho más breve: un minuto y medio en el que el profesional deja de reaccionar en automático, regula ligeramente la activación fisiológica y recupera una mínima perspectiva sobre lo que está a punto de decidir.
Desde el punto de vista fisiológico, las técnicas de respiración con exhalación prolongada han demostrado ser útiles para modular la activación y favorecer una respuesta más calmada. No siempre se dispone de cinco o diez minutos, pero sí es posible destilar ese principio en una versión muy comprimida.
Ritual 1: respiración de 90 segundos para bajar una marcha
No es necesario hacer nada visible ni llamativo. Puede realizarse sentado frente al ordenador, de pie en un pasillo o en una sala de informes, siempre que exista un mínimo de privacidad.
La lógica es sencilla: inspirar cómodamente e prolongar suavemente la exhalación. Una exhalación un poco más prolongada tiende a favorecer una respuesta más parasimpática y a reducir la sensación de activación excesiva.
Una versión práctica:
- Inspirar contando mentalmente hasta 4.
- Exhalar contando hasta 6 u 8, sin forzar, dejando que el aire salga de forma gradual.
- Repetir este ciclo durante 60–90 segundos.
Durante ese tiempo no se pretende “vaciar la mente”, sino notar cómo se mueve el aire y permitir que el sistema nervioso tenga un margen suficiente para ajustarse. En la práctica, muchos profesionales describen que, al terminar, la sensación de urgencia se reduce ligeramente, lo suficiente como para pensar con algo más de calma.
Ritual 2: anclaje sensorial rápido para salir del ruido mental
Cuando la mente está atrapada en bucles de “y si...”, puede ser útil un breve ejercicio de grounding. Procede de la psicología clínica y se utiliza para cortar rumiación, anclando la atención en estímulos sensoriales muy concretos.
En una versión simplificada para un entorno clínico:
- Localizar tres elementos visibles en ese momento (el color de una pared, la forma de una silla, la etiqueta de un monitor).
- Identificar dos sonidos concretos (un ventilador, pasos en el pasillo, una voz lejana).
- Notar una sola sensación corporal (el peso de los pies en el suelo, el contacto de la espalda con la silla, el roce del fonendoscopio).
Todo esto puede hacerse en menos de un minuto, acompañado de una respiración ligeramente más lenta que la habitual. No resuelve la decisión, pero ayuda a salir de la inercia mental y a volver, aunque sea brevemente, al aquí y ahora en el que hay que decidir.
Ritual 3: mini-chequeo cognitivo antes de responder
Además de la parte fisiológica, resulta útil introducir un pequeño filtro cognitivo.
No es una checklist formal, pero sí una forma de obligarse a formular explícitamente el proceso que se está siguiendo.
En esos 30–40 segundos se puede:
- Reformular en voz baja o mentalmente: “¿Cuál es exactamente la pregunta clínica que estoy respondiendo ahora?”.
- Preguntarse: “¿Qué dato falta que, si lo tuviera, podría cambiar mi decisión?”.
- Hacer una comprobación final: “¿Necesito una segunda opinión o dispongo de información suficiente?”.
En contextos de alta presión, este tipo de mini-chequeo puede actuar como un freno a respuestas impulsivas o decisiones tomadas por pura inercia.
Ritual 4: recordar en una frase cuál es la prioridad
En decisiones con carga ética o emocional, un pequeño ritual de intención puede marcar una diferencia significativa en la percepción subjetiva. Algunos modelos de liderazgo utilizan “resets” breves para reconectar con el propósito antes de actuar.
En el terreno clínico, puede traducirse en algo tan simple como:
- Tomar dos o tres respiraciones lentas.
- Formular internamente una frase breve, por ejemplo:
- “Mi prioridad en esta decisión es la seguridad de este paciente.”
- “Mi objetivo es equilibrar la calidad de vida y la carga del tratamiento.”
- “Mi prioridad en esta decisión es la seguridad de este paciente.”
No cambia la evidencia ni las guías, pero ayuda a que la decisión esté alineada con los valores profesionales que sustentan la práctica diaria.
Qué pueden hacer (y qué no) estos rituales
Ninguna de estas prácticas sustituye el razonamiento clínico, el contraste con colegas o la consulta a protocolos. Tampoco constituyen una intervención suficiente para tratar la ansiedad, la depresión o el burnout.
Lo que sí ofrecen es una manera compacta de:
- Reducir ligeramente la sensación de saturación.
- Introducir una pausa intencional entre el estímulo y la respuesta.
- Mejorar, aunque sea de forma modesta, la claridad con que se formula una decisión.
Probarlos no exige grandes cambios organizativos. Pueden ensayarse primero en decisiones de menor riesgo (por ejemplo, en la consulta ambulatoria) y, si resultan útiles, integrarse después en momentos de mayor carga.
En un entorno clínico donde el tiempo es limitado y la presión asistencial elevada, disponer de 90 segundos de foco no resuelve la complejidad de la medicina, pero puede cambiar el punto desde el que se toma la decisión.
DOC.7552.122025