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Opinión

Dra. Elena Velasco

Dra. Elena Velasco

Médico de Familia en el C.S. Aquitania

“La oportunidad perdida: las conversaciones sobre sexualidad que nunca tenemos en Atención Primaria”

La prevención no siempre depende de una prueba diagnóstica o de un tratamiento. A veces empieza con una pregunta que decidimos hacer.

Y hay preguntas que todavía me cuesta hacer, no porque no sepa formularlas ni porque dude de su importancia, sino porque, como ocurre a muchos médicos de familia, la consulta avanza deprisa, el motivo de consulta parece claro y, antes de darme cuenta, ya estoy imprimiendo la receta o la solicitud de pruebas.

Hace unas semanas atendí a un paciente joven que consultaba por disuria. La sospecha de una uretritis era evidente. Realicé la anamnesis dirigida, solicité las pruebas microbiológicas, inicié tratamiento y expliqué la importancia del estudio de contactos y de completar el tratamiento. Fue una consulta correcta. O al menos eso pensé mientras cerraba la historia clínica.

Sin embargo, al despedirse, tuve la sensación de que había resuelto el problema, pero no necesariamente había atendido al paciente.

No hablamos de cómo había llegado hasta allí. Ni de si conocía otras formas de prevenir nuevas infecciones. Ni de si aquella era la primera vez que le ocurría. Ni siquiera de si tenía alguna duda sobre su salud sexual que nunca había encontrado el momento de plantear.

No fue una mala consulta, fue una consulta incompleta.

Y sospecho que no es un caso aislado.

Cada día resolvemos decenas de problemas clínicos con eficacia. Diagnosticamos, tratamos, derivamos cuando es necesario y seguimos las recomendaciones de las guías clínicas. Sin embargo, entre una tarea y otra, dejamos escapar pequeñas oportunidades que rara vez aparecen reflejadas en la historia clínica: oportunidades para educar, prevenir y construir una relación de confianza.

La salud sexual sigue siendo uno de los ámbitos donde esas oportunidades se pierden con más frecuencia.

La prevención no siempre deja estadísticas

Resulta curioso. Preguntamos con absoluta naturalidad por el consumo de tabaco, el ejercicio físico o la alimentación. Son cuestiones incorporadas a nuestra rutina asistencial. En cambio, hablar de sexualidad continúa exigiendo un pequeño esfuerzo, incluso cuando el motivo de consulta está directamente relacionado con ella.


Quizá pensamos que el paciente preguntará si tiene dudas; y probablemente el paciente espera que seamos nosotros quienes iniciemos la conversación, y como conclusión, el resultado es un silencio compartido.

Ese silencio no siempre tiene consecuencias inmediatas. La infección se trata, el paciente mejora y la consulta concluye con éxito. Pero la oportunidad de prevenir la siguiente infección ya ha pasado.

En los últimos años hemos asistido a un aumento sostenido de las infecciones de transmisión sexual. Gonorrea, sífilis y clamidia forman parte cada vez con mayor frecuencia de nuestra práctica clínica. Las cifras reflejan cambios en las conductas sexuales, en la percepción del riesgo y en la capacidad diagnóstica, pero también nos obligan a preguntarnos si estamos aprovechando todas las oportunidades de prevención que ofrece la Atención Primaria.

Con frecuencia asociamos la medicina comunitaria a actividades fuera del centro de salud: talleres en institutos, campañas institucionales, actividades con asociaciones vecinales o intervenciones grupales. Todas ellas son imprescindibles y han demostrado su utilidad.

Pero quizá hemos olvidado que la comunidad también entra cada mañana por la puerta de nuestras consultas: cada paciente representa una oportunidad para modificar una conducta, desmontar un mito o resolver una duda que nunca había sido verbalizada.

Esa también es medicina comunitaria.

Y probablemente sea una de las formas más eficaces de ejercerla.

No hacen falta consultas monográficas ni disponer de veinte minutos adicionales en la agenda. Muchas veces basta con aprovechar el contexto adecuado: una renovación de anticonceptivos, una consulta por una infección urinaria, una citología, una vacunación, un herpes genital o una serología son momentos naturales para introducir una conversación breve sobre salud sexual.

No se trata de convertir cada consulta en una entrevista exhaustiva si no de reconocer que algunas preguntas pueden tener un impacto mucho mayor que el tiempo que requieren. Una de ellas podría ser tan sencilla como: ”¿Tienes alguna duda sobre tu salud sexual?”. Responder a esa pregunta puede llevar menos de un minuto y también puede abrir la puerta a hablar de vacunación frente al virus del papiloma humano o la hepatitis B, del uso correcto del preservativo, de la profilaxis preexposición frente al VIH (PrEP), de las pruebas diagnósticas recomendadas tras determinadas prácticas sexuales o, simplemente, de aspectos que el paciente nunca había sentido que podía comentar en una consulta médica.

Es cierto que no todas esas conversaciones evitarán una infección pero todas ellas contribuyen a normalizar la salud sexual como una parte más de la salud, y quizá ese sea uno de los mayores retos que todavía tenemos por delante.

Durante años la prevención de las ITS se ha resumido en un mensaje casi exclusivo: utilizar preservativo. Sigue siendo una recomendación fundamental, pero sabemos que la salud sexual va mucho más allá. Hablar de sexualidad también significa hablar de consentimiento, de diversidad, de relaciones saludables, de vacunación, de reducción de riesgos y de acceso a información fiable. Sobre todo, significa crear un espacio donde el paciente no se sienta juzgado.

La continuidad asistencial, uno de los pilares de la Medicina de Familia, nos ofrece una oportunidad privilegiada. Vemos crecer a nuestros pacientes, acompañamos sus cambios vitales y conocemos el contexto en el que toman muchas de sus decisiones. Esa relación longitudinal convierte la confianza en una auténtica herramienta clínica. Como recordaba Michael Balint, “El médico es el medicamento más utilizado en medicina”.

No aparece en ninguna guía de práctica clínica y no puede medirse con indicadores, pero probablemente sea uno de los recursos preventivos más valiosos que tenemos.

Vivimos un momento en el que la tecnología avanza a gran velocidad, incorporamos inteligencia artificial, mejores herramientas diagnósticas y nuevas estrategias terapéuticas con el objetivo de mejorar nuestra práctica clínica, abriendo así posibilidades impensables hace apenas unos años.

Sin embargo, ninguna innovación tecnológica podrá sustituir el valor de una conversación mantenida en el momento oportuno: porque la prevención también consiste en escuchar, en preguntar y en crear un espacio donde determinadas cuestiones dejen de ser incómodas para convertirse en parte de la atención habitual.

Tal vez nunca sepamos cuántas infecciones evitamos gracias a una conversación de dos minutos. Igual que nunca sabremos cuántos pacientes decidieron consultar antes porque un día encontraron un profesional con quien podían hablar sin miedo o sin sentirse juzgados.

La prevención no siempre deja estadísticas. A veces deja confianza y esa confianza sigue siendo uno de los tratamientos más eficaces que tenemos en Atención Primaria, porque ninguna campaña institucional podrá sustituir la conversación de confianza entre un médico de familia y su paciente. La prevención de las infecciones de transmisión sexual no empieza cuando aparece una lesión genital o una uretritis. Empieza mucho antes, en esas consultas aparentemente rutinarias en las que decidimos —o no— hacer una pregunta más.

 


 

Las opiniones, creencias, o puntos de vista expresados en este artículo son responsabilidad del autor y no necesariamente reflejan los de Boehringer Ingelheim España, S.A

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