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Dr. Adrián Martínez

Dr. Adrián Martínez

La relación tutor-residente en tiempos de la inteligencia artificial

Desde los templos de Asclepio en la Grecia antigua hasta las facultades modernas, el conocimiento médico se ha transmitido siempre de la misma manera: un médico con más experiencia mostrándole a otro, con menos, cómo interpretar y tratar lo que ven sus ojos, lo que perciben sus manos, lo que le dice el enfermo entre líneas. Hipócrates enseñó a sus discípulos en Cos no con tratados, sino caminando junto a ellos a la cabecera del paciente. Ese modelo, con sus variaciones, es el que originó el sistema de médicos internos residentes (MIR) en España y que estructura hoy la formación médica especializada durante 4-5 años.

El tutor no solo enseña diagnósticos o procedimientos: transmite una forma de practicar la ciencia de la Medicina. La manera de sentarse al lado de un enfermo que acaba de recibir una mala noticia. El ojo clínico entrenado que lleva a pedir esa prueba que no está en el protocolo. La humildad de reconocer que no se tiene un diagnóstico. Todo eso se aprende por ósmosis, por imitación, por los años compartidos en consulta compartiendo el arte de la Medicina.

Sin embargo, igual que la ósmosis, se trata de un proceso en equilibrio, bidireccional, ya que el residente también enseña. Y lo hace, paradójicamente, precisamente porque viene de fuera. Porque todavía no ha aprendido a ejercer la medicina práctica, la real, la que se adapta e individualiza a cada persona.

La relación tutor-residente tiene un tercero silencioso que siempre está presente, el paciente. Todo lo que el tutor enseña y todo lo que aprende del residente debería tener como horizonte la mejora del acto médico. La empatía que el tutor transmite con el ejemplo. El rigor en el procedimiento. La capacidad de tolerar la incertidumbre sin paralizarse. Sin embargo, es el residente quién aporta la actualización más reciente, la apertura a nuevas evidencias y la voluntad de incorporar nuevas tecnologías.

Ser tutor de un residente MIR no es solo una responsabilidad docente. Es una forma de mantenerse vivo clínicamente. Los años de ejercicio generan experiencia, pero también pueden generar rutina. El residente, con sus preguntas incómodas, con su desconocimiento productivo, con su manejo instintivo de herramientas que a generaciones previas pueden resultar extrañas, actúa como un agente de innovación. Es el recuerdo vivo de que la medicina no termina de aprenderse nunca. Que siempre hay una guía nueva, un ensayo clínico que cambia el paradigma, una aplicación que simplifica un proceso, un algoritmo que detecta lo que el ojo todavía no ve.

La mejor relación tutor-residente no es la del maestro y el aprendiz en sentido clásico. Es la de dos personas en distintos momentos de su carrera que se sientan frente a un caso complicado y reconocen, cada uno desde su lugar, que juntos lo van a resolver mejor que solos. El tutor aporta experiencia, criterio clínico, conocimiento del contexto y de las limitaciones del sistema. El residente aporta frescura, actualización, herramientas nuevas y la energía de quien todavía cree que todo puede mejorarse.

Ambos tienen razón. Y es en esa yuxtaposición entre experiencia e innovación, entre la sabiduría de lo que funciona y la valentía de probar lo que podría funcionar mejor, donde crece la buena medicina.
 

Juntos somos, probablemente, mejores médicos que por separado.

El sistema MIR nos obliga a rotar por servicios muy distintos en poco tiempo. Eso que a veces vivimos como una fuente de ansiedad, la sensación de no llegar a dominar nada antes de marcharnos a otro sitio tiene, sin embargo, un valor que solo se aprecia desde fuera ya que construye una visión transversal y actualizada de cómo se practica la medicina en distintos contextos, con distintos equipos, bajo distintas culturas clínicas.


Toda esa información se trae de vuelta. No como una corrección, sino como una aportación. Los tutores llevan años en el mismo servicio, con los mismos protocolos, con la misma forma de hacer las cosas que ha funcionado siempre. Eso es experiencia, y tiene un valor enorme. Pero la medicina no se detiene. Las guías se actualizan. Los ensayos clínicos cambian los estándares. Y los residentes, que acaban de estar en ocho servicios distintos en los últimos ocho meses, tenemos una perspectiva de ese movimiento que él, por razones puramente logísticas, no puede tener. Si los tutores nos escuchan, y mi tutor, afortunadamente, lo hace, esas rotaciones no son sólo formación para los residentes. Son también una forma de actualización dinámica y constante durante 4 años, que trae información de primera mano sobre cómo evoluciona la práctica clínica en tiempo real.

Hay adjuntos que no preguntan, que interpretan cualquier novedad que propone el residente como una amenaza implícita a su autoridad y a su experiencia. Y hay residentes que confunden el acceso a información con el criterio clínico, que llegan con la última publicación de un artículo bajo el brazo sin entender todavía que la medicina se practica en personas concretas, con historias concretas, en sistemas concretos con recursos limitados. Esa humildad también hay que aprenderla. Y es ahí donde el tutor es insustituible.

Cuando la relación funciona, cuando hay confianza suficiente para que los dos reconozcamos lo que el otro sabe y nosotros no, ocurre algo que va más allá de la formación. Ocurre una colaboración real. Juntos somos, probablemente, mejores médicos que por separado.

Mi generación llegó a la medicina con herramientas digitales que para nosotros son tan naturales como el fonendoscopio, aplicaciones que forman parte de nuestra rutina desde la facultad, modelos de lenguaje para preparar casos clínicos, para revisar bibliografía, para sintetizar guías de práctica clínica. Sabemos lo que pueden hacer y, sobre todo, sabemos lo que no pueden hacer. Si hay un terreno donde la distancia generacional se vuelve clínicamente relevante, es el de la inteligencia artificial. Los residentes de hoy somos la primera promoción que llega a los hospitales habiendo convivido con estas herramientas durante la carrera.

Eso último es importante. Porque el riesgo con la IA en medicina no solo yace en que se use sin criterio, es que los médicos con más experiencia la ignoren hasta que alguien la implante en el sistema sin que nadie haya tenido tiempo de entenderla. No pretendo ser el experto en inteligencia artificial de mi servicio, ni mucho menos. Pero sí puedo ser el puente. Puedo explicarle a mi tutor qué hace exactamente ese algoritmo que aparece en la historia clínica, dónde están sus sesgos conocidos, por qué no debemos aceptar su sugerencia sin contextualizarla. Ese diálogo, que en la teoría más clásica y purista debería fluir del tutor al residente, a veces ocurre en dirección contraria. Y está bien que así sea.

Los residentes no solo conocen estas herramientas: las cuestionan, las discuten, saben dónde están sus límites. Un buen tutor debería aprovechar esa frescura crítica. Porque la IA en medicina no es el futuro: es el presente. Y negarse a aprenderla, o delegarla exclusivamente en “los que entienden de eso”, sería un error que pagaremos en términos de calidad asistencial.

 


 

Las opiniones, creencias, o puntos de vista expresados en este artículo son responsabilidad del autor y no necesariamente reflejan los de Boehringer Ingelheim España, S.A

 

DOC.6033.072026

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