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Dr. Jaime González

Dr. Jaime González

No busques fuera, lo que tienes entre tus manos: la fuerza de la vocación en la Atención Primaria

Caliente, muy caliente, casi ardiendo. Amargo, con ese color marrón que tanto me gusta y esas pequeñas manchas blancas que sobrevuelan en círculo por la superficie, y con ese sabor que me recuerda a mi infancia, del sabor auténtico de leche de vaca sin procesar. Casi no siento las manos, pero el vaso me devuelve la circulación a los dedos. Afuera la aguanieve me ha acompañado todo el día. Miro a mi alrededor, mientras me caliento al picón del brasero, en una casa humilde sin aspavientos, pero muy limpia, y donde se respira la paz de la tranquilidad de los sitios donde el tiempo pasa despacio. Las fotos de los nietos cubren el mueble del salón y un tapiz cuelga de la otra pared del salón, que sin duda es un recuerdo de la mili en regulares de Ceuta, pues ya me lo han contado en otras ocasiones.

Ernesto acaba de traer la leche de ordeñar el ganado. Dos hervores en el cueceleches y el café salen con ese sabor perfecto. La abuela María yace en la cama con fiebre, pero parece que es un simple catarro, aunque sus 96 años ya le dejan muy cansada. Candida, su hija me ha llamado para ver a su madre, no tengo lista de espera, voy al día. La gente del pueblo es muy agradecida y casi sin esperarlo, ya tenia el bizcocho y el café puesto para antes de volver a la consulta.

Salgo a la calle y vuelvo al consultorio. Antonia, Casilda y Fermina me saludan al lado de la iglesia, es viernes y hoy toca paseo, y a pesar del frío, no lo perdonan ningún día. Paco, el alguacil, se me acerca en la plaza, me pregunta si ya funciona bien la calefacción del consultorio. Agradecido, le digo que ya esta solucionado y aprovecha para decirme que le haga las recetas de la tensión ya que tiene mucha tarea montando el escenario en el centro social, para las fiestas de San Blas de invierno.

Cuando llego a la consulta, Ana, mi compañera de equipo, ya me tiene dos sintrones de Juana y de Abilio y me dice que si los puedo hacer antes de que los cinco pacientes que me esperan en la sala de espera puedan pasar a verme. La mañana pasa rápido y agradable. Hoy tengo que ir a tres consultorios, con lo cual casi no voy a calentar el asiento.

Empieza a llover otra vez, monto en mi coche. Ya fui pronto al primer consultorio y con cuidado enfilo la carretera de curvas que me lleva al tercer pueblo. Dejo 280 habitantes atrás y me voy a ver a los 150 que viven dos kilometros mas allá.

Un poco más adelante, Fernando, el hijo de Eustaquio, me dice que me pare en medio de la carretera. Esta mudando las vacas y me pide que espere un poco, para que no se espanten al cruzar. Dice que ayer se dio un golpe en la cabeza con una rama cuando estaba cogiendo aceitunas, pero con rapidez me lo enseña autodiagnosticándose de que es una herida sin importancia. Unos minutos después llego al pequeño consultorio donde otras 4 personas están esperándome, necesitan preguntar, saber y comprender este sistema sanitario que les esquiva entre aplicaciones y citas telefónicas y formularios online.

Agustina me dice que ella es de ir al médico cuando esta mala y ya está, que no sabe leer ni escribir y no sabe de citas previas y que a sus 93 años no cree que aprenda. No te preocupes Agustina, aquí estoy para lo que haga falta. Tiene tres citas, una para el cardiólogo, otra para el endocrino y otra para el reumatólogo, pero me dice que ella esta harta de ir al hospital y que sólo cree en mi y en la Virgen de la Asunción que es la patrona del pueblo y que no piensa ir más al Hospital para recorrer los 40 kilometros de curvas, salvo que sea totalmente necesario. Su cuñada Margarita, que la acompaña, desde sus 92 años dice, que ella hace tiempo que tampoco va, que la mejor medicina es el paso tranquilo del tiempo, la lumbre y vivir feliz en el pueblo con las medicinas que da el médico y poco más.

Necesitan preguntar, saber y comprender este sistema sanitario que les esquiva

 

Recojo mi maletín de médico que llevo de una consulta a otra. Y tengo que ir al centro de salud de cabecera a rellenar papeles. Ana, mi compañera me sonríe, esta contenta, sabe que Fidencia ha salido del Hospital con la neumonía que la acobardaba y Marceliana ha empezado otra vez a deambular después de su prótesis de rodilla.


La vida aquí pasa despacio, con el único ruido de los pájaros y el ganado y algún que otro coche que rompe el silencio de la labranza. Nunca me imaginé lo satisfactorio que sería trabajar en medicina rural. A veces pienso que estamos perdiendo el norte en la medicina, hipermedicación, múltiples pruebas, pruebas y pruebas, citas, citas y citas y todo lo queremos solucionar con una pastilla. Hace tiempo que hemos perdido la visión del paciente como persona, son cifras, o usuarios, como dice el sistema, y siento que debemos recuperar el médico de cabecera de toda la vida.

Posiblemente nunca me den un Nobel de medicina, ni salga en los periódicos por mi trabajo, pero mi función es cuidar de la salud de mis pacientes, verlos con salud y verlos sonreír, que se sientan bien. Y eso, tranquilamente, mientras vuelvo a la salvaje urbe, tengo muy claro, que hoy al menos, soy médico de cabecera.

 


 

Las opiniones, creencias, o puntos de vista expresados en este artículo son responsabilidad del autor y no necesariamente reflejan los de Boehringer Ingelheim España, S.A

 

DOC.6028.052026

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