Menu
Usuario

Opinión

Dr. Romano

Dr. Romano

Un médico argentino en Barcelona: aprender a empezar de nuevo

Cuando llegué a Barcelona todavía no imaginaba que los años siguientes me iban a cambiar tanto. Venía de Argentina, de una vida profesional intensa, acostumbrado al ritmo hospitalario, a las guardias interminables, a la adrenalina constante de la cardiología clínica. Venía de trabajar muchas horas, de sentirme útil, de tomar decisiones rápidas, de vivir prácticamente dentro del hospital. Y de repente, todo eso desapareció.

Llegué a España poco antes de una pandemia que cambiaría al mundo entero. Pero, además de atravesar lo mismo que atravesaban millones de personas, había algo más: yo era médico y no podía ejercer.

La homologación de mi título tardó alrededor de un año y medio. Un año y medio esperando papeles, resoluciones y autorizaciones mientras el sistema sanitario vivía una de las crisis más grandes de su historia reciente. Recuerdo perfectamente la sensación de mirar las noticias, ver hospitales colapsados, compañeros agotados, médicos dejándolo todo, y sentirme completamente al margen. Como si estuviera mirando desde afuera algo para lo que me había preparado toda mi vida.

Muchas veces describí esa sensación con una comparación que todavía hoy siento exacta: era como un militar en plena guerra que no puede luchar. Un médico durante una pandemia que no puede ejercer vive algo muy difícil de explicar. No era solamente frustración profesional; era una mezcla de impotencia, inutilidad y bronca. Bronca con la situación, con la burocracia, con los tiempos, incluso conmigo mismo aunque racionalmente supiera que no dependía de mí.

Porque uno estudia medicina para estar. Para ayudar. Para participar. Para actuar cuando hace falta. Y de repente no podía hacer nada.

A eso se sumaba otra realidad: empezar desde cero en un lugar completamente nuevo. Sin contactos, sin red de apoyo profesional, sin conocer el funcionamiento del sistema sanitario ni la dinámica laboral. Barcelona era una ciudad hermosa, pero al principio también podía sentirse inmensa y ajena.

Adaptarse no era solamente entender una nueva cultura o acostumbrarse a otra forma de vida. También implicaba reaprender la profesión dentro de otro sistema. Incluso cosas simples cambiaban: nombres comerciales de medicamentos distintos, protocolos diferentes, otra organización hospitalaria, otra relación entre especialidades, otra manera de gestionar tiempos y recursos.

Eso es algo que muchas veces no se cuenta cuando se habla de emigrar siendo médico. Uno no solamente cambia de país; cambia también la manera de ejercer la medicina.

Y, sin embargo, había algo dentro mío que nunca desapareció: la certeza de que en algún momento las cosas iban a acomodarse. No sabía cuándo ni cómo, pero sabía que iba a pasar. Tal vez porque los médicos estamos acostumbrados a convivir con procesos largos, incertidumbre y frustración. O quizás porque emigrar requiere una cuota importante de paciencia y resistencia emocional.

Con el tiempo empezaron a aparecer oportunidades


Hubo momentos difíciles, claro. Momentos de dudas, de cansancio mental, de preguntarme si realmente había valido la pena dejar atrás mi vida anterior. Porque emigrar también implica atravesar una especie de duelo silencioso: uno deja afectos, costumbres, lugares y hasta una versión previa de sí mismo.
 

Pero con el tiempo empezaron a aparecer oportunidades. Primero pequeñas, después más importantes. Y lentamente Barcelona dejó de sentirse una ciudad ajena para convertirse en mi lugar.

Hoy, varios años después, puedo mirar hacia atrás y entender que todo ese recorrido también me transformó como médico. Me hizo más flexible, más adaptable y probablemente más humano. Porque cuando uno atraviesa momentos de vulnerabilidad aprende a entender mejor la vulnerabilidad de los demás.

También aprendí que el talento y la capacidad son importantes, pero que hay algo igual de decisivo: la perseverancia. Persistir incluso cuando las cosas no salen rápido. Tener paciencia cuando todo parece detenido. Seguir adelante aunque el contexto no acompañe.

Muchas veces hablamos del éxito profesional como si fuera una línea recta, pero rara vez lo es. Detrás de cualquier proceso de crecimiento suelen existir etapas de incertidumbre que desde afuera nadie ve.

Hoy trabajo en un entorno donde me siento valorado y contenido. Formo parte de equipos con los que comparto objetivos, proyectos y una manera de entender la medicina centrada no solamente en la enfermedad, sino también en la prevención y en el acompañamiento del paciente. Y probablemente una de las mayores satisfacciones personales sea justamente esa: haber logrado construir pertenencia en un lugar que un día fue completamente desconocido.

Barcelona me enseñó mucho. Me enseñó que empezar de nuevo no significa empezar desde cero, porque uno siempre trae consigo todo lo aprendido anteriormente. Me enseñó que adaptarse no es perder identidad, sino ampliar perspectivas. Y me enseñó también que los tiempos difíciles no son permanentes.

A veces, cuando pienso en aquellos primeros meses de pandemia, recuerdo esa sensación de impotencia y distancia respecto a la profesión. Y justamente por eso hoy valoro muchísimo más poder ejercer la medicina. Entrar a un hospital, atender pacientes, discutir casos clínicos o simplemente sentirse parte de un equipo dejó de ser algo rutinario para convertirse en algo profundamente significativo.

Quizás por eso todavía mantengo intacta cierta gratitud cotidiana. La de quien sabe lo que es sentirse afuera y luego encontrar nuevamente su lugar.

Porque al final, más allá de los títulos, los países o las homologaciones, hay algo que permanece igual: la vocación.

 


 

Las opiniones, creencias, o puntos de vista expresados en este artículo son responsabilidad del autor y no necesariamente reflejan los de Boehringer Ingelheim España, S.A

 

DOC.6029.072026

Regístrate o inicia sesión

Introduce tu correo electrónico a continuación