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Opinión

Dr. Emilio Veintimilla

Dr. Emilio Veintimilla

Endocrino en el Hospital Ascires Valencia

¿Y si la respuesta estaba en la historia dietética?

Hay consultas que nos recuerdan que la medicina no siempre avanza con una prueba más. A veces avanza con una pregunta mejor.

Hace unas semanas atendí en mi consulta de Endocrinología y Nutrición a una mujer que acudía para revisar su diabetes y por una pérdida de peso que llevaba años sin explicación. Entró con una carpeta llena de informes. Había sido estudiada en diferentes centros y hospitales. Se habían descartado enfermedades como la celiaquía o el hipertiroidismo. Disponía de gastroscopia, colonoscopia, cápsula endoscópica, tomografía computarizada y numerosas analíticas. Había sido valorada por Digestivo, Medicina Interna y otros especialistas. Afortunadamente, todas las pruebas coincidían en lo mismo: no existía una causa orgánica evidente que justificara aquella pérdida de peso.

Delante de mí tenía a una paciente con un índice de masa corporal de 17, muy delgada, pero completamente funcional. No tenía diarrea, ni vómitos, ni dolor abdominal, ni ningún síntoma que hiciera pensar en una enfermedad grave. Además, aquella situación no era reciente. Llevaba aproximadamente seis años con ese peso, haciendo una vida completamente normal.

Lo primero, por supuesto, era descartar una enfermedad importante. Es nuestra obligación y probablemente yo habría seguido el mismo camino que mis compañeros si hubiera visto a esta paciente al inicio de su evolución. Una pérdida de peso mantenida siempre debe hacernos pensar en patologías potencialmente graves y estudiarlas adecuadamente. Pero, una vez descartadas, no podemos olvidar volver al principio y revisar algo mucho más sencillo: cómo se alimenta realmente nuestro paciente.

Al revisar su historia observé que la pérdida de peso había comenzado prácticamente al mismo tiempo que el diagnóstico de diabetes. Decidí detenerme en un aspecto que, muchas veces, damos por conocido: su alimentación diaria.

Y entonces empecé a entender lo que estaba ocurriendo.


Conforme hablábamos, percibía una relación con la comida marcada por el miedo. No era una paciente que hubiera decidido comer sano; era una paciente que vivía intentando no equivocarse. Desde que le diagnosticaron diabetes había entendido que prácticamente debía eliminar los hidratos de carbono de su dieta. Más adelante, cuando comenzó tratamiento para el colesterol, añadió otra restricción: reducir al máximo las grasas. Sin darse cuenta, había construido una alimentación cada vez más limitada.

Cuando le pregunté qué desayunaba, la respuesta fue muy reveladora: una tostada muy pequeña de pan integral, a veces con unas gotas de aceite, y un vaso de leche desnatada con cacao sin azúcar. El resto del día seguía el mismo patrón. Productos "light", "0 %", "sin azúcar", "bajos en grasa"... Toda su alimentación giraba alrededor de evitar aquello que consideraba perjudicial.

Lo que más me llamó la atención fue que cada vez que hablábamos de un alimento aparecía el miedo. Cuando le expliqué que un plátano podía formar parte perfectamente de una alimentación saludable, su respuesta fue inmediata: "Pero tiene mucho azúcar". Temía que comer una pieza de fruta pudiera empeorar su diabetes. Lo mismo ocurría con cualquier alimento que contuviera más hidratos de carbono, más grasa o simplemente más calorías. Había dejado de valorar los alimentos por su calidad nutricional para clasificarlos únicamente como "permitidos" o "prohibidos".

Y creo que esta situación es mucho más frecuente de lo que pensamos.

Cuando preguntamos a un paciente si come bien, casi siempre responde que sí. Y probablemente nos está diciendo la verdad. Porque para él, comer bien significa seguir las normas que ha ido aprendiendo durante años. El problema es que esas normas, a veces, son incompletas, demasiado estrictas o simplemente han sido mal interpretadas. La nutrición es profundamente personal. No basta con preguntar si la dieta es buena o mala; hay que reconstruirla con detalle, entender qué alimentos evita, cuáles le generan miedo y qué creencias hay detrás de cada decisión.

En esta paciente no encontré únicamente una dieta insuficiente. Encontré años de miedo acumulado alrededor de la comida.

Y eso me hizo reflexionar.

Invertimos muchos recursos en pruebas diagnósticas, tratamientos y tecnología, algo absolutamente necesario. Pero quizá todavía invertimos muy poco en educación nutricional. Necesitamos más tiempo para explicar, más recursos educativos y, sobre todo, más nutricionistas clínicos integrados en nuestros equipos asistenciales. Profesionales que puedan dedicar el tiempo necesario a enseñar, resolver dudas y desmontar falsas creencias antes de que se conviertan en problemas de salud.

También necesitamos acercar esa educación a la población mediante consultas individuales y grupales, talleres, programas comunitarios y recursos fiables disponibles en internet. Porque una recomendación bien explicada puede acompañar a un paciente toda la vida. Pero una recomendación mal entendida también.

Aquella consulta me recordó que la medicina sigue teniendo un enorme componente humano. Que antes de solicitar una prueba más, o después de haber descartado las enfermedades que no podemos permitirnos pasar por alto, merece la pena detenerse unos minutos y preguntar cómo vive realmente nuestro paciente su alimentación.

A veces buscamos respuestas muy complejas cuando la explicación está en algo tan cotidiano como el miedo a comer un plátano. Y quizá ahí encontremos una de las intervenciones más valiosas que podemos ofrecer: ayudar a nuestros pacientes a reconciliarse con la comida, revisar sus creencias y recordarles que alimentarse bien no consiste en comer cada vez menos, sino en comer mejor.

 


 

Las opiniones, creencias, o puntos de vista expresados en este artículo son responsabilidad del autor y no necesariamente reflejan los de Boehringer Ingelheim España, S.A

 

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