
Dr. Manuel Jesús Menduiña Guillén
Especialista de área de medicina interna hospital universitario virgen de las nieves. Granada
La medicina que heredamos y la que dejamos
Quise ser médico desde los siete años. Recuerdo con claridad esa convicción infantil que, con el paso del tiempo, no se debilitó, sino que se convirtió en un compromiso profundo con una profesión, cuyo ejercicio, siempre he considerado un privilegio. Desde muy joven entendí que para llegar a la facultad de Medicina tendría que esforzarme más que en otros caminos, y así lo hice: años de estudio, sacrificios personales y una dedicación constante que finalmente me permitió ejercer la profesión que había soñado. Hoy, más de tres décadas después, sigo amando la medicina. Pocas actividades humanas permiten algo tan valioso como acompañar a las personas en momentos de fragilidad, ayudar a aliviar el dolor o participar en decisiones que pueden cambiar el curso de una vida. Los pacientes, en general, siguen reconociendo ese esfuerzo y esa entrega, y ese reconocimiento es, muchas veces, lo que mantiene viva mi vocación.
Sin embargo, junto a esa satisfacción convive una realidad incómoda. Ser médico en el sistema público español se ha convertido, con demasiada frecuencia, en una experiencia frustrante. La presión asistencial creciente, las jornadas interminables, las guardias acumuladas y la enorme responsabilidad que implica cada decisión clínica contrastan con un reconocimiento institucional escaso y con unas condiciones laborales que difícilmente reflejan el valor del trabajo que se realiza.
Muchos médicos sentimos que el sistema se sostiene más por la vocación de sus profesionales que por el apoyo real de quienes lo administran. La sociedad valora a sus médicos cuando los necesita, pero pocas veces se abre un debate serio sobre las condiciones en las que estos trabajan o sobre el riesgo de que el sistema pierda a algunos de sus profesionales mejor formados.
Pero cuando uno mira hacia atrás, la historia personal de muchos médicos en España también está hecha de noches interminables y de contratos que hoy serían difíciles de explicar a quienes empiezan. Recuerdo bien los primeros años tras terminar mi especialidad de Medicina Interna. Después de tanto estudio y de tantos años de formación, lo que encontré fueron contratos precarios de guardias, muchos de ellos prácticamente mileuristas y que, para mayor ironía, solo cotizaban medio mes. Aquellos contratos eran la puerta de entrada al sistema. Si querías trabajar, tenías que aceptarlos.
Las guardias de residente ya habían sido duras, pero las de aquellos primeros años tampoco lo fueron menos. En algunos de los tres hospitales comarcales por los que pasé, la guardia comenzaba a las tres de la tarde y desde ese momento no parabas de ver enfermos. Paciente tras paciente, historia tras historia clínica, decisiones rápidas que debían tomarse con pocos medios y con mucho cansancio acumulado. Recuerdo perfectamente aquellas madrugadas interminables. Cuando la actividad disminuía ligeramente, si había suerte, entre las seis y las siete de la mañana podías tumbarte unos minutos en un viejo camastro que había en una pequeña habitación del hospital. No era realmente dormir; era más bien estirar las piernas, cerrar los ojos un rato y reunir un poco de energía para continuar. A las siete ya estabas otra vez valorando pacientes, firmando informes o atendiendo nuevas urgencias.
Saber que alguien cercano quiere dedicar su vida a cuidar de otros es motivo de satisfacción.
Durante años pensé que aquello formaba parte del aprendizaje, una especie de peaje inevitable para ejercer la medicina. Lo que no imaginaba entonces era que muchas de esas condiciones se prolongarían durante demasiado tiempo.
Con los años llegaron más responsabilidades, más experiencia y también la conciencia de que, a pesar del esfuerzo colectivo de miles de profesionales, el sistema sanitario público seguía dependiendo en gran medida del sacrificio personal de quienes trabajamos en él.
Nada, sin embargo, se puede comparar con lo vivido durante la pandemia de la COVID. Aquellas primeras olas siguen siendo, todavía hoy, uno de los recuerdos más duros de mi carrera profesional. Las guardias de aquellos meses tenían algo de irreal. Los hospitales llenos, las urgencias desbordadas, los pasillos convertidos en improvisadas áreas de atención. Veíamos llegar a muchos pacientes mayores con una insuficiencia respiratoria severa para la que, en aquellos primeros momentos, teníamos muy pocas herramientas terapéuticas realmente eficaces. La sensación dominante era la impotencia. Muchos de nosotros recordamos con angustia aquellas jornadas en las que veíamos morir a personas mayores prácticamente cada día. Personas que, en muchos casos, llegaban solas, sin poder estar acompañadas por sus familias debido a las restricciones sanitarias.
A todo ello se sumaba la precariedad material de aquellos primeros momentos. Los equipos de protección individual, los conocidos EPI, eran escasos. En más de una ocasión tuvimos que reciclarlos durante toda la guardia, utilizándolos durante horas y horas seguidas. El traje puesto durante casi todo el turno, el calor, la dificultad para beber agua o simplemente respirar con normalidad tras muchas horas.
Aquellas guardias dejaban un cansancio físico enorme, pero sobre todo un desgaste emocional difícil de describir. A pesar de todo, la inmensa mayoría de los profesionales siguió trabajando con la misma entrega. No porque el sistema nos lo facilitara, sino porque abandonar a los pacientes nunca fue una opción.
En este contexto, hace unos días uno de mis hijos me dijo que quiere ser médico. Confieso que la noticia me produjo sentimientos encontrados. Por un lado, orgullo. Saber que alguien cercano quiere dedicar su vida a cuidar de otros es motivo de satisfacción. La medicina, a pesar de todas sus dificultades, sigue siendo una de las profesiones más humanas que existen. Pero, por otro lado, apareció una preocupación inevitable.
Durante años he intentado que mis hijos conocieran bien las dificultades de esta profesión: mis ausencias en momentos importantes de su infancia, las noches de guardia, el cansancio acumulado, las celebraciones familiares perdidas y también la frustración que a veces genera sentir que el esfuerzo no se corresponde con el reconocimiento recibido. No entiendo del todo cómo, habiendo vivido de cerca esa realidad, ha decidido seguir este camino. Tal vez porque, a pesar de todo, también ha visto que sigo amando mi trabajo.
Por eso, con cierta tristeza, le he dado un consejo que nunca pensé que tendría que dar. Hijo mío, si decides ser médico, fórmate en España. Nuestra formación médica sigue siendo excelente. Las facultades, el sistema de residencia y la experiencia clínica que se adquiere aquí continúan siendo de gran calidad. Pero después, le dije, considera desarrollar tu carrera en otro país donde tu trabajo sea mejor valorado, donde las condiciones laborales sean más dignas y donde el sistema sanitario cuide también a quienes lo sostienen. Me dolió darle ese consejo. Me dolió porque, en el fondo, uno siempre desea que sus hijos puedan desarrollar su vida profesional en su propio país. Ojalá algún día no tenga que volver a dar ese consejo. Porque un sistema sanitario público fuerte necesita profesionales bien formados, comprometidos y con razones para quedarse. Y España, que tanto ha invertido en formar a sus médicos, debería preguntarse seriamente si puede permitirse seguir perdiéndolos.
Las opiniones, creencias, o puntos de vista expresados en este artículo son responsabilidad del autor y no necesariamente reflejan los de Boehringer Ingelheim España, S.A
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