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Opinión

Dra. Paula Molleó Clofent

Dra. Paula Molleó Clofent

Médico Especialista en Medicina Interna

Que nos tomen en serio: aprender a ocupar la consulta

Hay una pregunta que muchas médicas jóvenes nos hemos formulado alguna vez, aunque pocas veces la expresemos en voz alta:¿qué tengo que hacer para que, cuando entro en una consulta, me reconozcan como la médica y no como “la chica”?

No es una cuestión menor ni se reduce a un problema de autoestima, de comunicación o de aprender a hablar con mayor firmeza. Tiene que ver con cómo se construye la autoridad profesional en medicina, con las expectativas que depositamos sobre quienes ejercen esa autoridad y con lo que ocurre cuando quien ocupa el espacio clínico es una mujer joven.

En medicina tendemos a pensar que la bata blanca neutraliza todo lo demás. Que, delante del paciente, somos únicamente profesionales, independientemente de nuestra edad, nuestro sexo o nuestra forma de comunicarnos. Sin embargo, la consulta no es un espacio completamente neutro. En ella entran prejuicios, expectativas, jerarquías y estereotipos. Y, en ocasiones, antes de que hayamos pronunciado una sola palabra, el paciente ya ha decidido quién cree que somos.

Durante nuestra formación hemos aprendido la importancia de la cercanía, la empatía, la escucha y la capacidad de generar confianza. Son competencias esenciales para una buena práctica clínica. Sin embargo, cuando una mujer ejerce autoridad, especialmente si es joven, puede aparecer una tensión difícil de gestionar: si somos excesivamente firmes, podemos ser percibidas como distantes; si somos demasiado conciliadoras, nuestra seguridad puede ponerse en duda.

Esta tensión se manifiesta a menudo en comentarios aparentemente inocentes:“¿Eres la doctora?”, “¿Cuánto tiempo llevas trabajando?”, “¿No hay un médico que pueda verme?”. No siempre existe una intención explícita de menospreciar. Sin embargo, la acumulación de estas situaciones puede transmitir un mensaje inequívoco: nuestra autoridad parece estar permanentemente pendiente de demostración.

Y aquí es importante elegir bien nuestras batallas. No podemos convertir cada comentario en una confrontación. Sería agotador y podría deteriorar innecesariamente la relación terapéutica. La clave está en aprender a identificar cuándo es necesario responder, cómo hacerlo y, sobre todo, cómo mantener el control de la consulta sin perder la alianza con el paciente.

Durante los años de formación médica acumulamos conocimientos, competencias y responsabilidades. Aprendemos a interpretar una analítica, manejar una enfermedad crónica, realizar una exploración, establecer diagnósticos diferenciales o decidir cuándo es necesario derivar. Sin embargo, pocas veces recibimos una formación explícita sobre una competencia igualmente relevante en la práctica cotidiana: cómo ejercer y comunicar la autoridad clínica ¿Sabemos decir “no” cuando la situación lo requiere? ¿Sabemos establecer límites ante una demanda que consideramos clínicamente injustificada? ¿Sabemos reconducir una consulta cuando la conversación se desvía? ¿Sabemos cerrar adecuadamente una visita? ¿Sabemos reconocer que desconocemos una respuesta sin sentir que nuestra credibilidad se resiente? Estas también son habilidades clínicas.

Ejercer autoridad no significa adoptar una actitud rígida ni renunciar a la empatía. La medicina necesita humanidad, capacidad de escucha, humor y sensibilidad. Pero empatía y autoridad no son conceptos incompatibles. De hecho, una relación clínica de calidad necesita ambas.

La autoridad clínica no consiste en tener siempre una respuesta inmediata

Estas habilidades no consisten en adoptar una postura de autoridad ni en tratar de demostrar constantemente que sabemos más. Una médica joven no necesita aparentar que lleva treinta años pasando consulta. Necesita transmitir que conoce sus competencias, que razona sus decisiones y que actúa de acuerdo con la mejor información disponible. Y, precisamente por eso, también debe poder reconocer los límites de su propio conocimiento.


Podemos decir: “No lo sé con certeza; voy a revisarlo y te responderé”. Lejos de debilitar nuestra autoridad, reconocer una duda y saber cómo resolverla forma parte de la responsabilidad profesional. La autoridad clínica no consiste en tener siempre una respuesta inmediata, sino en saber qué sabemos, qué necesitamos comprobar y cuándo debemos pedir ayuda. No debemos confundir seguridad con omnisciencia.

Y es precisamente en Medicina de Familia donde esta forma de ejercer la autoridad adquiere una relevancia particular. Nuestra consulta no consiste únicamente en diagnosticar y tratar enfermedades, sino también en tomar decisiones en contextos de incertidumbre, gestionar expectativas, compartir decisiones y establecer límites clínicamente justificados. Muchas veces, ejercer nuestra autoridad no significa tener una respuesta inmediata, sino saber explicar por qué una determinada actuación está indicada, por qué otra no lo está y qué alternativas podemos ofrecer. El paciente puede solicitar una prueba que consideramos innecesaria, un antibiótico que no está indicado, una baja que debemos valorar según criterios clínicos o una derivación que entendemos que puede abordarse desde Atención Primaria. En estas situaciones, una de las expresiones más complejas de la autoridad clínica es saber decir que no, sin deteriorar la relación terapéutica. No se trata de ganar una discusión. Se trata de explicar el razonamiento clínico: “Entiendo lo que me estás pidiendo. He valorado tu situación y considero que esta prueba no va a aportar un beneficio en este momento. Lo que sí creo que debemos hacer es...” Ese “sí” después del “no”, puede cambiar por completo el sentido de la consulta. Porque el paciente no necesita necesariamente que confirmemos su expectativa inicial. Necesita comprender que existe una valoración clínica, una decisión razonada y un plan de actuación.

También necesitamos aprender que ser una buena profesional no significa estar disponible para todo. Tenemos derecho a escuchar sin asumir como propios todos los problemas del paciente. A empatizar sin sentirnos responsables de resolver aquello que excede nuestras posibilidades. A decir que una cuestión requiere otra cita. A solicitar ayuda. A cerrar una consulta. A establecer límites.

La Medicina de Familia tiene un componente relacional y emocional especialmente intenso. Precisamente por ello, los límites profesionales no son una falta de compromiso con el paciente, sino una condición necesaria para mantener una práctica clínica sostenible.

Cuidar no significa estar permanentemente disponibles.

Una profesional que no establece límites puede terminar pagando un precio elevado: agotamiento, frustración, pérdida de motivación y, en algunos casos, alejamiento de una profesión que inicialmente eligió por vocación.

Quizá una de las ideas más importantes que podemos transmitir a las médicas jóvenes sea esta: no tenemos que demostrar nuestro valor en cada consulta. Habrá pacientes que cuestionen nuestra experiencia. Habrá quienes prefieran ser atendidos por un hombre. Habrá personas que nos llamen “chica” cuando somos la doctora. Habrá días en los que nos equivoquemos. Y habrá otros en los que entremos en la consulta cansadas, inseguras o con la sensación de no estar a la altura. Nada de ello invalida nuestra trayectoria profesional.

La autoridad clínica no se construye a partir de una actuación perfecta. Se construye con preparación, escucha, capacidad de exploración, razonamiento clínico, comunicación, toma de decisiones, reconocimiento de los propios límites, seguimiento y continuidad asistencial. Se construye también con algo mucho menos visible: aprendiendo a confiar en nuestro propio criterio y volviendo al día siguiente para hacer nuestro trabajo.

Porque no estamos en la consulta para interpretar el papel de “médica”. Ya somos médicas. Y quizá una parte importante de crecer profesionalmente consista precisamente en dejar de preguntarnos continuamente si los demás nos reconocen como tales.

No podemos controlar todas las miradas, comentarios o expectativas con las que entramos en la consulta. Sí podemos decidir cómo ocupamos ese espacio: con competencia, con límites, con humanidad y con la tranquilidad de no tener que demostrar nuestra valía en cada encuentro. La autoridad no debería exigirnos convertirnos en alguien distinto de quien somos.

La medicina del futuro necesita profesionales que no tengan que elegir entre competencia y humanidad; entre autoridad y empatía; entre cuidar a los demás y cuidarse a sí mismas. Necesita médicas jóvenes capaces de entrar en una consulta y pensar, sin necesidad de aparentar más edad, más experiencia o más seguridad de la que tienen: no tengo que parecer otra persona para merecer estar aquí. Ya estoy aquí porque me he preparado para estarlo.

Y quizá ocupar la consulta empiece precisamente por eso: por dejar de pedir permiso para hacerlo.

 


 

Las opiniones, creencias, o puntos de vista expresados en este artículo son responsabilidad del autor y no necesariamente reflejan los de Boehringer Ingelheim España, S.A

 

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